Una semana en Budapest para aprender, compartir y mirar la educación con otros ojos
15 de julio de 2026
Por Ana Alonso (Departamento de Orientación)
Del 13 al 18 de julio tuve la oportunidad de participar en el curso “A Satisfying School Experience: Strategies and Skills for Teachers”, organizado por la Europass Teacher Academy de Budapest, dentro del programa Erasmus+. Una semana intensa de formación, intercambio de experiencias y descubrimiento de una ciudad fascinante que terminó siendo, sobre todo, una oportunidad para aprender de otros docentes europeos y reflexionar sobre algunos de los grandes retos que compartimos en nuestras aulas.
El curso comenzó con las presentaciones de los participantes y de sus centros. Éramos un grupo de profesoras procedentes de diferentes lugares de Europa: Bulgaria, Italia, Alemania, la isla de La Reunión (Francia) y España. Y nuestras escuelas no podían ser más diferentes: había docentes de Primaria y Secundaria, profesoras de Bachillerato en contextos muy favorables, otras que atendían a niños en riesgo de exclusión social, y docentes de Formación Profesional, con alumnos que combinaban su formación académica con prácticas en empresas.
Esa diversidad fue uno de los grandes valores de la experiencia. Aunque nuestros centros, nuestros alumnos e incluso nuestros sistemas educativos eran muy diferentes, pronto descubrimos que nuestras preocupaciones como profesoras eran sorprendentemente parecidas.
Problemas comunes en las aulas europeas
Hablamos de la desmotivación y de las dificultades para conseguir que nuestros alumnos encuentren sentido a lo que aprenden; del absentismo y de las limitaciones de algunos de los protocolos que utilizamos para combatirlo; de la dificultad de comunicarnos eficazmente con determinados alumnos y, en ocasiones, también con sus familias. Hablamos mucho de las redes sociales y de las nuevas tecnologías y de cómo, paradójicamente, mientras nos mantienen permanentemente conectados, pueden contribuir también al aislamiento de nuestros jóvenes y niños, con todos los riesgos que esto supone.
También compartimos experiencias sobre el papel que debe desempeñar el centro educativo ante los conflictos y sobre cómo podemos conseguir que la escuela sea un lugar en el que nuestros alumnos quieran estar, un espacio seguro, amable y respetuoso, pero sin perder nunca de vista su finalidad fundamental: aprender.
Hacia un entorno escolar más positivo para todxs
A lo largo de las sesiones fuimos conociendo diferentes estrategias para crear ambientes positivos en el aula, prevenir conflictos y favorecer el bienestar emocional. Trabajamos sobre la importancia de reconocer y comprender las emociones, de anticiparnos a determinadas situaciones, de establecer expectativas claras y de aprender a interpretar algunas conductas no simplemente como falta de interés o mala actitud, sino como posibles respuestas ante situaciones de estrés.
También hubo espacio para reflexionar sobre la motivación. ¿Cómo podemos despertar el interés de nuestros alumnos? ¿Cómo conectar lo que enseñamos con su realidad y con aquello que les interesa? ¿Cómo ayudarles a experimentar pequeños éxitos que les permitan recuperar la confianza en sus propias capacidades? La creatividad, el sentido del humor, la música, el juego y la creación de una verdadera comunidad dentro del aula aparecieron como algunas de las herramientas que pueden ayudarnos a romper con la monotonía.
Una de las ideas que más nos acompañó durante la semana fue precisamente esa: si conseguimos crear un entorno positivo en el que los alumnos se sientan seguros, valorados y parte de un grupo, muchos de los problemas que aparecen en el aula pueden prevenirse o afrontarse de otra manera.
Viviendo la ciudad del Danubio
El curso no se limitó a las sesiones en el aula. Nuestra academia había preparado un completo programa cultural que nos permitió conocer Budapest y, al mismo tiempo, acercarnos a la realidad de Hungría.
Desde el primer día, nuestra formadora, Anita Aklan, se encargó también de introducirnos en algunos aspectos de la cultura húngara. Aprendimos palabras nuevas, descubrimos algunos productos típicos e, incluso, tuvimos la oportunidad de probar la famosa pálinka, el licor tradicional húngaro. Anita nos enseñó también a brindar, diciendo: “Egészségünkre!”, algo así como “¡a nuestra salud!”. La pronunciación no era precisamente sencilla y, menos aún, después de probar la pálinka, pero conseguimos brindar como auténticas húngaras.
También aprendimos otra palabra mucho más fácil y útil: “köszönöm”, gracias. Y teniendo en cuenta lo bien que nos trataron durante toda la semana, fue una palabra que tuvimos bastantes oportunidades de utilizar.
El martes por la noche tuvimos además una cita muy especial: se disputaba el España-Francia del Mundial de fútbol y el Ayuntamiento había instalado dos pantallas gigantes en la Plaza de la Libertad, una para cada afición. Allí vivimos una noche preciosa de ambiente internacional, convivencia y deportividad, compartiendo la emoción del partido con aficionados españoles, franceses, húngaros y visitantes de muchos otros lugares y, por supuesto, la celebración posterior (sobre todo, para los hinchas españoles).
El miércoles por la tarde recorrimos la zona del Castillo de Buda, el área de los museos, el Bastión de los Pescadores y la ribera del Danubio junto a nuestra guía, Andrea, profesora también de la Teacherpass Academy. Ella no se limitó a mostrarnos los monumentos más conocidos de la ciudad, sino que durante el recorrido nos habló de la historia reciente de Hungría, de su cultura y gastronomía, de la vida cotidiana de los húngaros y también de cuestiones tan cercanas a nuestra profesión como las condiciones de trabajo de los profesores húngaros. Fue una magnífica oportunidad para descubrir que detrás de los monumentos y de las fotografías turísticas existe una sociedad con sus propios retos y preocupaciones.
El jueves llegó uno de los momentos más especiales de la semana: un crucero por el Danubio al atardecer. Desde el río pudimos contemplar algunos de los lugares más emblemáticos de Budapest, como el Parlamento, el Puente de las Cadenas o la zona de la Ciudadela, mientras la luz iba transformando poco a poco la ciudad. Después de varios días intensos de formación, fue también un momento para disfrutar tranquilamente de la compañía de nuestras nuevas amigas y de todo lo que estábamos viviendo.
Hubo tiempo incluso para conocer otros rincones de la ciudad, como la isla Margarita, y para descubrir una de las tradiciones más conocidas de Budapest: sus termas, una parte esencial de la cultura de la ciudad y de la vida cotidiana de sus habitantes.
Reflexiones finales y despedida
El último día volvimos a conectar formación y bienestar con una actividad de mindful walking, un paseo consciente en el que combinamos movimiento, respiración, observación y diferentes técnicas de relajación y anclaje. Fue una manera muy apropiada de cerrar el curso: detenernos por un momento, mirar hacia atrás y reflexionar sobre todo lo aprendido y sobre aquello que podíamos llevarnos de vuelta a nuestras aulas y compartir con nuestros compañeros y alumnos.
Pero si tuviera que destacar algo por encima de los contenidos del curso, probablemente sería la oportunidad de compartir experiencias con docentes de otros países europeos. Poder sentarme con Frederique, Nusha, Pavlina, Beatrice y Barbara y hablar sobre lo que ocurre cada día en nuestras aulas permitió comprobar que, detrás de las diferencias entre nuestros sistemas educativos, nuestras escuelas y alumnos, existen preocupaciones y retos profundamente compartidos.
¿Cómo conseguimos que nuestros alumnos vuelvan a tener ganas de aprender? ¿Cómo les ayudamos a relacionarse mejor? ¿Cómo ponemos límites sin romper el vínculo? ¿Cómo implicamos a las familias? ¿Cómo hacemos de la escuela un lugar más humano sin renunciar a enseñar?
Creo que esa es una de las grandes riquezas de Erasmus+: descubrir que no estamos solos ante estos retos y que podemos aprender muchísimo de cómo otros compañeros intentan resolverlos.
Vuelvo de Budapest con mucho más que unos apuntes y un certificado de asistencia. Vuelvo con ideas para mis aulas, estrategias para cuidar mejor el bienestar de mis alumnos y, sobre todo, con la experiencia de haber comprobado que educar, en cualquier lugar de Europa, significa enfrentarse a muchos de los mismos retos y compartir el mismo deseo: conseguir que nuestras escuelas sean lugares donde nuestros jóvenes puedan aprender, crecer y sentirse parte de una comunidad.
Köszönöm, Budapest! Y hasta la vista.
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